El Teatro Colón estrenó el ballet Principio de éxtasis, comisionado a Goyo Montero y Gustavo Santaolalla bajo la dirección de Julio Bocca. La obra utiliza música pregrabada, lo que generó cuestionamientos sobre el uso de parlantes en una sala con acústica reconocida y orquesta estable.
El Teatro Colón estrenó el ballet Principio de éxtasis, una obra comisionada bajo la dirección de Julio Bocca al coreógrafo español Goyo Montero y al compositor Gustavo Santaolalla. La puesta en escena utiliza música pregrabada reproducida mediante parlantes, en lugar de música en vivo interpretada por la orquesta estable del teatro.
La partitura de Santaolalla incluye ronrocos, guitarras y la participación de solistas como Javier Casalla (violín y viola) y Lautaro Greco (bandoneón). Las cuerdas fueron registradas por la Budapest Scoring Orchestra. El diseño sonoro y la síntesis granular corresponden al canadiense Owen Belton. La obra también incluye la voz en off de Ricardo Darín recitando textos de Jorge Luis Borges.
La decisión de emplear audio pregrabado en un teatro con una de las acústicas más reconocidas y con orquesta estable dio lugar a preguntas sobre la ausencia de música en vivo. En la historia reciente de los grandes coliseos líricos, el uso de pistas pregrabadas y paisajismo electroacústico se registra en producciones como Tree of Codes, de Wayne McGregor e Hirakazu Umeda, con música electrónica de Jamie xx, y Woolf Works, del Royal Ballet, con música de Max Richter. En esos casos, el sonido procesado operó como un instrumento arquitectónico y no como reemplazo de una orquesta acústica.
En el caso de Principio de éxtasis, según el análisis de la crítica especializada, la reproducción de una partitura que emplea instrumentos acústicos mediante parlantes derivó en una entidad bidimensional. En los momentos de mayor intensidad, el audio habría formado una pared compacta que sofocó el volumen físico de los bailarines. Para compensar la falta de dinamismo interior, la producción habría recurrido al aumento de volumen.
La escena que evoca el tango fue mencionada como un ejemplo de esta degradación: el pulso trágico del género habría quedado reducido a un plano sonoro bidimensional, sin la temperatura y vibración de la materia viva. Las chicharras del violín y las articulaciones del bandoneón de Greco, que al tocarse en vivo habrían rasgado el aire con un mordiente físico, quedaron, según esta lectura, en un chasis estático.
En el plano dramático, la voz en off de Ricardo Darín recitando Ausencia y El Aleph también fue objeto de observaciones. La escena con la sala a oscuras para escuchar su relato exigía, según el análisis, otra cualidad tímbrica y articulación. La transmisión por micrófono requiere una voz sonogénica, con una curva de inflexión y articulación capaces de sostener por sí solas la tensión dramática en la penumbra.
El texto concluye que la inclusión de música grabada en una gran casa de ópera solo se justifica cuando la materia sonora explora texturas conceptuales imponderables en el espacio físico. Cuando la pista grabada se limita a empaquetar timbres acústicos para proyectarlos por parlantes, el teatro priva al bailarín de su interlocutor invisible en el foso y al espectador del temblor único de la ejecución en directo.
La obra continúa en cartel en el Teatro Colón. No se registraron declaraciones oficiales del teatro sobre las críticas mencionadas.
