Emma Leonicia Renzi tiene 100 años y su hija Ana María del Huerto Sabolo, 77. Viven juntas en Barrio Balcarce desde hace tres años y comparten paseos, reuniones familiares y discusiones cotidianas.
Emma Leonicia Renzi tiene 100 años y su hija Ana María del Huerto Sabolo, 77. Viven juntas en Barrio Balcarce desde hace tres años. Comparten paseos, reuniones familiares y también alguna que otra discusión.
En una sociedad donde la expectativa de vida es cada vez más larga, empiezan a ser más visibles historias en las que distintas generaciones de personas mayores comparten la vida cotidiana, los cuidados y los afectos.
“Cuando no hace algo bien, la reto. ¡A ella no le gusta!”, cuenta Ana, entre risas. Emma fue ama de casa, estuvo acostumbrada a tomar decisiones y a organizar su hogar. “¡Todavía no aprendiste! ¡Deberías hacer esto así!”, le dice su hija, que también reconoce que no imaginaba tener a su mamá a su lado hasta los 100 años.
Emma siempre fue una mujer muy activa. Durante 30 años participó en centros de jubilados, donde encontró oportunidades para aprender y compartir. Hizo cursos de escritura, francés y muchas otras actividades en el centro Plenitud.
Hoy disfrutan de recibir a la familia, compartir encuentros con hijos y nietos, mirar televisión y salir a pasear. También tienen recuerdos de viajes y aventuras. Uno de los más sorprendentes: Emma caminó por la nieve en Las Leñas cuando tenía 98 años.
¿Qué admira Ana de su mamá? Su vitalidad, su interés por las cosas, sus ganas de seguir adelante y esa energía para intentar que todo funcione. También destaca su solidaridad y su manera de cuidar a los demás. “Cuando yo me siento mal, me atiende como a un bebé”, cuenta. Emma, por su parte, valora la relación que Ana mantiene con sus hijos, cómo es ella como mamá.
Como en toda relación familiar, hay diferencias de carácter, pequeños enojos y reconciliaciones que llegan enseguida. Pero también hay una historia construida a lo largo de décadas, con afectos, aprendizajes y acompañamiento mutuo.
En este Día de la Madre, Ana tiene unas palabras para Emma: le agradece por haberla apoyado siempre, por acompañarla en sus decisiones y por estar presente en los momentos importantes de su vida. “Le digo que la amo”, resume.
Tal vez el mejor regalo del Día de la Madre sea la posibilidad de seguir compartiendo la vida, los momentos cotidianos, las risas y hasta las pequeñas diferencias que forman parte de un vínculo que sigue creciendo con los años.
Emma, 100 años. Ana, 77. Madre e hija, compañeras de vida y de paseos, con una historia que sigue escribiéndose todos los días.
