Noventa minutos de 1986: el partido que marcó a una generación

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A 40 años del Argentina-Inglaterra en el Mundial de México, un recuerdo de aquella tarde en Córdoba y el contexto político, social y deportivo que rodeó al encuentro.

Como muchos contemporáneos que hoy peinamos canas, tuve la fortuna de ver en vivo y en directo a los tres futbolistas que condujeron a la Argentina hacia cada una de las estrellas que hoy presiden su camiseta. Toda comparación es odiosa e inútil. Cada uno perteneció a su tiempo. Pero ante un nuevo Argentina – Inglaterra, es imposible no regresar a Diego, porque acaso ningún otro logró representar con tanta intensidad las ilusiones, las contradicciones y las esperanzas de una época.

Era un domingo a la siesta, soleado, aunque en Córdoba el invierno se hacía sentir. Vi el partido junto a mi viejo, en Alta Córdoba, a media cuadra de la Plaza Rivadavia. La ciudad estaba en pausa absoluta. Las radios y los televisores concentraban toda la atención.

Recuerdo la ansiedad previa, difícil de describir, la sensación de estar ante un acontecimiento que trascendía el resultado. Cuatro años después de la Guerra de Malvinas, Inglaterra seguía ocupando un lugar singular en el imaginario argentino. La derrota militar permanecía demasiado cerca para convertirse en historia y un poco lejos para seguir siendo presente. Los chicos que habían combatido no tenían ni 25 años. Todos teníamos alguno cerca: familiares, amigos, conocidos.

La democracia apenas transitaba su tercer año de vida. El gobierno de Raúl Alfonsín intentaba consolidar instituciones y procesar el legado de la dictadura. El Juicio a las Juntas había colocado al país en un lugar destacado dentro de la historia contemporánea de los derechos humanos. Pocos meses antes, nos habíamos enterado de la iniciativa de trasladar la Capital al sur del país.

Mucho más que fútbol

La inflación se peleaba entonces con un ministro de temple serio y lentes pesados, Juan Vital Sorrouille, mentor del Plan Austral. Persistían tensiones con sectores militares que no terminaban de aceptar plenamente el nuevo orden. La democracia caminaba, aprendía y enfrentaba pruebas de modo constante. En Córdoba, a un ritmo diferente, el Pocho Angeloz gobernaba desde la Casa de las Tejas -que hoy tampoco existe- y en la ciudad hacía lo propio Ramón Bautista Mestre, que por entonces empujaba la Costanera que hoy lleva su nombre.

La Selección Argentina atravesaba un proceso semejante. Carlos Salvador Bilardo, que había comenzado en 1983 (unos pocos meses antes que el gobierno democrático) llegaba al Mundial cuestionado por el periodismo, la dirigencia deportiva e incluso la política. Su propuesta dividía opiniones. Para algunos representaba una evolución. Para otros era una ruptura inadmisible con la tradición. En cualquier caso, durante la previa al Mundial, la mayoría desconfiaba del equipo. En abril, tras una derrota 1-0 con una remota e intrascendente selección de Noruega (mucho antes de Haaland), las críticas fueron tan intensas que, desde el gobierno nacional, se produjeron movimientos destinados a provocar la salida del entrenador.

Mientras tanto, dentro del plantel, Maradona había asumido la capitanía (no sin graves tensiones con su antecesor, Daniel Passarella) y comenzaba a desplegar una forma de liderazgo que excedía su condición de futbolista. Respaldó a Bilardo sin temor a pagar costos. Convenció a sus compañeros de sostener el proyecto. Ayudó a construir una confianza colectiva que no encontraba equivalentes fuera de la concentración argentina.

Si Bilardo aportó el método, Maradona aportó la convicción. México proporcionó el escenario perfecto. El Estadio Azteca (hoy Ciudad de México) era uno de los grandes templos deportivos del planeta. Y la televisión satelital permitía como nunca antes, que unos 500 millones de personas en más de 140 países, observaran simultáneamente los mismos acontecimientos. El mundo seguía dividido por la Guerra Fría, pero ya experimentaba una nueva etapa de globalización cultural y mediática.

Y tras una clasificación cómoda (aunque exigente), luego de vencer a Uruguay en octavos de final, apareció Inglaterra. No faltaron desde entonces, explicaciones sobre aquel encuentro ceñidas a la revancha deportiva tras Malvinas. Pero esa interpretación no alcanza para comprender lo sucedido.

Cierto que era imposible que la guerra no estuviese presente (si las heridas están abiertas hoy, entonces se encontraban en carne viva). De hecho, el propio secretario de Deportes de la Nación tuvo que desmentir entonces la retirada del equipo, ante presiones opositoras. Y su par británico advirtió a los jugadores antes del partido respecto al asunto.

Pero aquellos noventa minutos se convirtieron en mito por una razón adicional. Porque apareció, una vez más, aquella sombra terrible que hoy evocamos. “¡Callate la boca y abrazame!”, les gritó Diego a sus compañeros mientras el arquero Peter Shilton iniciaba una protesta que no terminaría ni siquiera con la muerte del Diez.

Como reconoció Bobby Robson, el DT británico, cuatro minutos después llegó algo completamente distinto, que borraba cualquier señalamiento anterior. El tremendo gol del siglo. La picardía convivió con la más suprema belleza. A buen entendedor, pocas palabras.

Ambos sobrevivieron, y -no ocurre con frecuencia- nos siguen explicando y uniendo. “Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 – Inglaterra 0” dijo un uruguayo y nos representó a todos. Para siempre. Al final fue 2-1 y sufriendo, pero no importaba.

Cuarenta años después ya no existe aquella tarde. Tampoco está mi viejo a quien abracé con más fuerza que nunca tras terminar aquel partido. Mucho menos, aquella Córdoba, ni esa Argentina. Muchas de las discusiones de entonces quedaron atrás. Otras permanecen abiertas bajo formas diferentes (y más graves).

Pero cada vez que pienso en un mundial, reaparecen aquellas vibraciones, con la certeza, imposible de formular en aquel instante, de que estábamos asistiendo a una imagen inolvidable para una generación y permanente para las que siguieron.

Sarmiento evocó al imprescindible Facundo para comprender las convulsiones de su tiempo. Aprovechando al genial sanjuanino, nosotros seguimos llamando a Diego por una razón semejante. Para inspirarnos, para entendernos y, por qué no, para acompañar a los muchachos (Messi y compañía) que asumen un desafío que, quiérase o no, también dialoga con aquella historia.

Es que, de vez en cuando, un país puede explicarse a través de noventa minutos de fútbol.

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