Venezuela: un largo viacrucis

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Sábado tres de enero de 2026. Madrugada en Venezuela, primeras explosiones y suena mi teléfono. Es mi hermana menor, la única que me queda a la distancia de los 6.700 kilómetros que separan Caracas de Sevilla. La población venezolana lleva años esperando que pase algo, no se sabe bien qué, pero algo. Intentan olvidar agrupándose en círculos concéntricos de personas allegadas, nutriéndose del amor de amigos y familiares que llevan en su sangre esa impronta de calor humano de aquellas tierras. Todo está cada vez más caro, no alcanza el dinero, los problemas de seguridad se mantienen. Unos afrontan esto desde la convicción de que hay que adaptarse para poder subsistir, intentando vivir con dignidad. Otros, muy pocos, lo encaran desde la opulencia del régimen que los ampara o desde la solvencia económica de las siempre existentes diferencias entre clases sociales en el país. Hay en Caracas tiendas de productos de lujo de todo tipo incluyendo un concesionario Ferrari con sala de exhibición, taller y posibilidad de personalizar los autos. Abunda el dinero fresco que se sabe no puede salir del país y nadie se atreve a preguntar de dónde procede.

Pero para la gran mayoría lo dicho es ciencia de no-ficción porque lo perciben desde la más absoluta pobreza: el salario mínimo es insuficiente para comer lo que provoca un hambre ya estructural. La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida ENCOVI que puede ser consultada en Internet refleja como en los últimos años más del 90% de los venezolanos no dispone de ingresos suficientes para adquirir la cesta básica de alimentos. También muestra como en torno a un 70% de la población ha perdido peso por falta de comida, fenómeno conocido como el “hambre invisible” o “dieta Maduro”.

Vaivenes políticos

La situación de Venezuela es compleja y hay que comprender dos hitos importantes. El primero nos lleva al 4 de abril de 2013 cuando tuvieron lugar las elecciones presidenciales en las que Nicolás Maduro logró el triunfo. Sólo un mes antes, el 5 de marzo de 2013, había fallecido el presidente Hugo Chávez lo cual supuso el adelanto de las elecciones que, de acuerdo a la Constitución Bolivariana, se convocaron en los treinta días siguientes al deceso. En diciembre de 2012 Chávez reconoció, en cadena televisada, que había sido diagnosticado en junio de 2011 del cáncer que no le permitirá completar su cuarto mandato presidencial. Ante esta circunstancia, Chávez ungió a su entonces vicepresidente y canciller, Nicolás Maduro, que terminó ganado los siguientes comicios por un estrecho margen contra el entonces candidato de la oposición, Enrique Capriles Radonsky: 50,66% contra el 49,07% con una escasa diferencia de 224.742 votos según datos del Consejo Nacional Electoral .

El segundo hito trascendental se sitúa el 6 de diciembre de 2015 con las elecciones para conformar la Asamblea Nacional del período legislativo 2016-2021. La oposición ganó aquellas elecciones parlamentarias alzándose la Mesa de la Unidad Democrática con 99 diputados frente a los 46 del oficialismo. Maduro compareció ante los medios de comunicación para reconocer la derrota pero, acto seguido, reaccionó rápidamente. El gobierno inició entonces una arremetida contra los resultados denunciando fraudes e irregularidades y finalmente, las elecciones fueron impugnadas ante el Tribunal Supremo de Justicia.

El año 2016 resultó muy complicado en Venezuela por las fuertes protestas antigubernamentales que fueron duramente reprimidas y que se cobraron numerosos heridos y muertos. En 2017, de forma muy controvertida, Maduro convocó de nuevo elecciones a la Asamblea Constituyente que terminó en una situación a la que toda la comunidad internacional asistió perpleja: entonces en Venezuela funcionaron de forma paralela la Asamblea Nacional y la Asamblea Nacional Constituyente en un gran choque de legitimidades y con la recordada figura de Juan Guaidó como presidente.

Y a partir de entonces se han producido otras dos elecciones, la del 20 de mayo de 2018 y la última del 28 de julio de 2024. En ambas los políticos relevantes de la oposición han sido arrestados (como Leopoldo López) o inhabilidatos (como María Corina Machado). En ambas ha habido denuncias de irregularidades y de falta de transparencia. No pocos gobiernos y organismos internacionales desconocieron los resultados por falta de garantías electorales.

Crisis y devaluación

En todo este trasiego la población venezolana ha sufrido mucho. La mala gestión gubernamental y la enorme crisis derivada se ha venido acentuando con una inflación galopante. Ha habido períodos de alarmante escasez de alimentos básicos, de medicinas y de bienes básicos. Dado su carácter de país monoproductor de petróleo, Venezuela depende en gran medida de las importaciones. Desde 2014 se vino produciendo una importante caída de los ingresos petroleros, principal fuente de divisas del país. Ante el colapso de los servicios y las quejas de los ciudadanos, la estrategia de Maduro fue la de asignar responsabilidades estratégicas a las fuerzas de seguridad. Así, se militarizaron importantes ámbitos como el de la alimentación y las aduanas.

Por otra parte, desde hace varios años los datos corroboran el colapso significativo del sistema de salud del país. La Organización Panamericana de la Salud y otros organismos han destacado esta debilidad y las dificultades en el acceso a los servicios básicos de atención médica. La definieron como una “emergencia humanitaria compleja”, con el resurgimiento de enfermedades que pueden prevenirse fácilmente (como el sarampión o la malaria) debido a la baja cobertura de vacunación y al deterioro del sistema epidemiológico. En Venezuela, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, la esperanza de vida al nacer ha disminuido de 74,2 años en 2000 a 71,2 años en 2021.

En la actualidad Venezuela es de los países en el mundo con mayor contracción de sus reservas internacionales y depreciación de su moneda. Eso por no hablar de la enorme crisis energética que en dejó en 2019 a prácticamente toda Venezuela en oscuridad por falta de mantenimiento de la red eléctrica. Podría habla también de los medios de comunicación, pero eso es para mí objeto de otro artículo especializado.

Venezuela es uno de los ejemplos más claros de cómo no estando en situación de guerra se puede destruir un país maravilloso, lleno de riquezas y culto. Los más de ocho millones de venezolanos que se han marchado huyendo de tanto desastre han dejado atrás sus hogares buscando un nuevo horizonte más seguro y estable. ¿Quieren estar en Madrid, en Bogotá, en Panamá, en Buenos Aires, en Lima o en climas bajo cero a los que no están acostumbrados? ¿Quieren trabajar en un call center, en un Uber o repartiendo comida en un patinete bajo la lluvia cuando no pocos tienen profesiones consolidadas? Yo lo dudo… En aquella “rivera del Arauca vibrador” ya no hay seguridad y sí un Helicoide lleno de detenidos arbitrarios y de presos político. En los chats de WhatsApp se instauró con las últimas detenciones una especie de autocensura por miedo a que la Policía Nacional Bolivariana requisara los teléfonos móviles.

Puedo dar fe de primera mano del enorme trauma de la población en Venezuela. Las familias se han desmembrado, sus miembros han tomado rumbos distintos con enorme dolor. Venezuela fue siempre un país que recibió con brazos abiertos a quien allí quisiera sentar raíces. Yo misma soy producto de esa inmigración, con un padre que en los años sesenta se hizo un andaluz más del trópico. Mientras, hoy día los venekos son en algunos lugares objeto de xenofobia.

Ante esto, ¿qué puedo desear? Siempre me ha llamado la atención en relación a Venezuela cómo en la distancia se pueden tolerar situaciones que jamás se tolerarían si se vivieran cerca. En mi caso, la razón comprende los argumentos del derecho internacional y del rechazo a las tácticas políticas de imposición del poder. Sé también quién es Trump y conozco el valor estratégico de las riquezas naturales del país. Pero han sido demasiados los desmanes y “soy hermana de la espuma, de las garzas y de las rosas”… por lo que mi conocimiento de las circunstancias y deseos más profundos hacen que considere una obligación esperar un cambio de rumbo y un nuevo amanecer soberano para Venezuela. Reconozco que da vértigo.

María del Mar Ramírez Alvarado es catedrática de la Universidad de Sevilla y consejera del Consejo Audiovisual de Andalucía.

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