El filme dirigido por Ido Fluk narra la hazaña de la joven Vera Brandes, quien organizó el mítico Concierto de Colonia de 1975. Se proyecta en el Centro Cultural Córdoba.
Promediando abril, una extraña iniciativa puso en pantalla “Köln 75” del director Ido Fluk en el Centro Cultural Córdoba. Originalmente, esta película se estrenó en Europa en 2025 al cumplirse diez lustros del famoso Concierto de Colonia de Keith Jarrett. Fluk cuenta la historia a través de un personaje femenino, bastante logrado: el de Vera Brandes.
Vera, en la película, tiene dieciocho años y aún estudia en la escuela secundaria. Es la hija menor de una típica familia alemana conservadora. La acción transcurre entre lámparas de la Bauhaus y sillas de Marcel Breuer, pero todo huele más a Godard que a la Baader-Meinhof. La osada joven se asoma a la mayoría de edad como una suerte de soñadora de Bertolucci pero conectada a corriente alterna. Desde el inicio se deja entrever que Vera quiere salirse del molde: va a romper con las estructuras familiares y para eso va armando su futura carrera sin demasiada premeditación, a fuerza de irreverencia y nicotina en partes iguales.
El color local abunda (una buhardilla, posters de la revolución, ceniceros llenos de colillas, botellas en el piso, la cama deshecha) pero no le resta cinética al relato. Vera Brandes deviene productora y consigue que sus amigos bohemios de la escuela le ayuden a sortear los obstáculos que normalmente ocurren cuando alguien intenta que algo importante ocurra. Con su personalidad arrolladora, que contrasta con la de su hermano depresivo y desempleado, consigue que su madre le preste un cheque por diez mil marcos —después de que su padre se dé el gusto de abofetearla y tratarla de vagabunda y meretriz.
Con ese dinero consigue un buen lugar para que toque Keith Jarrett: el Kölner Opernhaus, un edificio moderno (de fines de los años 50) a orillas del Rin, de gran volumen y acústica privilegiada, con capacidad para casi mil quinientas personas. Jarrett no era un chico que tocaba el piano y lo hacía muy bien: era Jarrett. Estaba de vuelta del jazz mainstream y su genio de la improvisación era su carta más alta. Venía de hacer solos de piano por más de veinte ciudades de Europa, escapando de los standards de jazz y sin un cobre en la faltriquera. Vera Brandes tienta al manager de Jarrett y el músico acepta tocar ahí —con la condición de hacerlo en un piano de cola Bösendorfer 290 Imperial— aunque no fuera la mejor fecha ni el horario más conveniente mientras corría el gélido enero renano.
Pero hay un problema: horas antes del concierto, no está el piano acordado. Hay un piano de ensayo medio roto y totalmente desafinado. Jarrett no va a tocar. Según es fama, el hombre y su máquina configuran un ser diferente. La combinación precisa de piano y pianista resulta en una monstruosa criatura capaz de dar placer, de crear un lugar donde poder escapar de los rigores de la realidad. Un par de años antes, en “Crash”, Ballard sostenía que la tecnología y su creador, el humano, componen un nuevo ser capaz de reconocerse y de interactuar de manera pulsional con el entorno. Jarrett no conduce autos que se estrellan para sentir placer: viaja por Europa en el Renault 4 de Eicher, su productor (que fundaría el prestigioso sello ECM), empujado por el apuro económico y los devenires de la moda del jazz en el mundo. Jarrett, su dolor constante, su insomnio y su juventud, se funden con su piano para encender a la audiencia. Este monstruo Jarrett-piano intenta sostener que si el silencio se lo permite, será capaz de mitigar su dolor físico (y el de todos los presentes) mediante la música. Ése es el morbo.
“Te escucho pensar” le dice Jarrett en un momento al periodista que intenta entrevistarlo en su tour europeo. Este le pregunta sobre su espiritualidad y sus lecturas de Gurdjieff, Jarrett lo esquiva diciendo “Habría que definir qué es para vos estar despierto”. La película recuerda algunas partes de Corre Lola Corre (Tom Tykwer, 1998). En Köln 75 Vera no para de correr. Consigue entre gallos y medianoche que los técnicos logren afinar el piano y finalmente convence al pianista de tocar con un instrumento a medio reparar para una Ópera de Colonia que ha vendido a cuatro marcos cada una todas las entradas para su Concierto del 24 de enero de 1975.
Al inicio de Köln 75 se hace referencia al falso comienzo. También a la figura del padre castrador y al fantasma del fracaso como motor. Entre esas líneas, uno puede sin culpa alguna permitirse recordar el documental de Lars von Trier y Jørgen Leth (Las cinco obstrucciones, 2003) en el que se proponen recrear una obra casi cuatro décadas después, solo que ahora bajo el castigo de drásticas prohibiciones técnicas. Como casi todas las perversiones del danés, la resultante —“el nuevo humano perfecto”— es monstruosa, al igual que sus padres. Duele y deleita como pocas. De manera análoga en la película de Fluk, la historia se arpegia entre ciertos elementos como el piano roto, el dolor físico constante, el apremio económico y el futuro incierto para un pianista de veintinueve años.
