Alabanza del trampantojo

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El Ayuntamiento de Córdoba acaba de emitir sendas alabanzas del trampantojo, esa técnica decorativa que engaña a la percepción para que parezca lo que no es, como puede verse en la horrorosa fachada del Palacio de la Merced. Lo acaba de hacer el alcalde Bellido, que dice que poco puede hacer con las ornamentaciones de flores de plástico que asuelan el caserío del Casco. Su concejal de obras, Ruiz Madruga, «solo» quiere alquitranar el eje del Realejo hasta Las Tendillas, esa carretera ucraniana bombardeada.

En realidad, Bellido se equivoca. El Plan del Casco permite a la municipalidad dictar y hacer cumplir normas complementarias sobre el impacto de la decoración de las fachadas de comercios y negocios más allá de rótulos, tenderetes y cosas colgadas, ese caso perdido. Sus propias ordenanzas le habilitan para ello en atención a las competencias de ornato, que son más viejas que el hilo negro. Es curioso que se prohíban los paneles solares a los residentes (ah, Ormuz), que solamente se ven con drones, y no los adefesios que nos colocan las empresas -centremos el debate de una vez- a la altura de los ojos.

Madruga va a pedir un cambio de la normativa de protección del suelo de adoquín para vías de altísimo tránsito, reconociendo implícitamente que lo de Alfaros fue un trágala. La solución, dice el jurado municipal, se encuentra en el alquitrán impreso. Es una confusión entre témporas y culo. No, hombre, no. El problema es que no os falta un autobús de grandes dimensiones, un camión, por meter por donde no se cabe. Lo del alquitrán impreso es un mal menor o, en su defecto, un chapú. El problema es otro y lo saben.

Si se fijan, los mismos que regulan hasta el color de los zócalos, les están diciendo que no harán gran cosa contra (A) la actividad comercial que hace lo que le viene en gana desde tiempos inmemoriales y (B) la consideración de algunas calles estrechísimas del Casco como una vía de alta capacidad para todo tipo de vehículos.

Determinados a la consideración de la ciudad vieja como parque temático, hágase lo posible por el triunfo del plastiquete, el alquitrán, la Córdoba de PVC. Una opción es vestir a los vecinos con atavíos moriscos, para dar una imagen para que la experiencia sea inmersiva, mientras sorteamos a los señores de las bandejas de almendras garrapiñadas y las despedidas de soltera con banda de música. Esas que, hay que reconocer la ironía, nos dicen que tienen bajo un control absoluto. Un auténtico éxito, sí señor.

La inclasificable Fran Lebowitz, una señora divertidísima que escribe estupendamente, propuso defenderse de la banalización del sitio donde vive con un ensayo que titularía ‘Imagina que Nueva York es una ciudad’ y no, pongamos por caso, un centro comercial. Trampantojo, recuerden, viene de «trampa al ojo». De engañifa chunga. Imaginen, por un momento, que tenemos Ayuntamiento. Uno de verdad.

*Periodista

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