Tras la apertura con una excelente interpretación de la “Séptima Sinfonía” de Shostakovich, a cargo de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires bajo la dirección del gran James Conlon, en estado de gracia, el conjunto encaró su segundo concierto de la temporada. Esta vez fue bajo la batuta de su directora titular, Zoe Zeniodi. El programa del sábado 7 en el Teatro Colón reunió el estreno argentino de obras de dos compositoras y una de las sinfonías más luminosas de un compositor canónico: la “Sinfonía en Do mayor” de “Marianna von Martinez”, el “Concierto para piano y orquesta Op. 45” de Amy Beach y la “Sinfonía Nº 1 en Si bemol mayor Op. 38 “Primavera” de Robert Schumann. Como solista invitada participó la pianista rusa Asiya Korepanova, especialmente valorada por su manera de abordar el repertorio romántico y posromántico.
“Pensé este programa en función del 8 de marzo, claro, y más allá de eso me pareció interesante ofrecer en mi primer concierto de este año con la Filarmónica el estreno de dos obras de compositoras que fueron importantes en su tiempo y más tarde quedaron injustamente relegadas”, dice Zeniodi al comenzar la charla con PERFIL. La “Sinfonía de Marianna von Martinez”, compuesta en 1770, y el “Concierto de Amy Beach”, estrenado en 1900, constituyen dos muestras de época: el clasicismo temprano y el romanticismo tardío. “Pero están unidos por el mismo espíritu y por eso me gustó la idea de proponerlos juntos”, continúa la directora. “Martinez fue una compositora muy considerada en la Viena de su tiempo, apreciada por Mozart, entre otros. Hasta donde sabemos, fue la primera mujer que escribió una sinfonía en la historia de la música. Esta que proponemos es una obra de gran delicadeza, liviana, ágil, ideal para comenzar un programa.”
“El ‘Concierto para piano de Amy Beach’ mantiene esa ligereza. Si bien es una obra romántica, está lejos de cualquier forma de dramatismo; es por momentos luminosa y en general optimista. Tiene temas muy bellos y detalles que lo acercan a Rachmaninov, pero también cosas de Chopin, todo sobre un color orquestal muy norteamericano”, explica.
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Zeniodi llegó al Colón el año pasado como parte del nuevo equipo directivo del Teatro, encabezado por Gerardo Grieco como director general. Junto a él fueron presentados Julio Bocca como director del Ballet, Andrés Rodríguez como director de Ópera, Gustavo Mozzi como director de Música y Thelma Vivoni como directora ejecutiva. En esa ocasión se anunció también a la directora griega como nueva batuta titular de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Nacida en Atenas en 1976, Zeniodi es actualmente directora artística de El Sistema Grecia. En los últimos meses dirigió la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, estuvo al frente de Così fan tutte de Mozart en la Ópera de Australia y mantuvo una intensa actividad en escenarios europeos.
—Después de la experiencia del año pasado y considerando el aniversario de la Filarmónica, ¿qué representa para vos este año en el Colón?
—Es un año muy importante porque estamos hablando de los 80 años de la Filarmónica. Para mí es un orgullo, un honor y un placer estar aquí en este momento y ser la primera directora mujer que puede vivir esta celebración. Vamos a tener una temporada grande, con muchos programas muy bellos, repertorio amplio, grandes solistas y directores invitados. También habrá otras cosas que vamos a anunciar pronto. Es realmente un momento muy especial para la orquesta y para mí es muy significativo poder celebrar todo esto con mi orquesta.
—¿Qué representa hoy el Colón en tu vida y también en la vida cultural argentina?
—Todo el mundo en Argentina sabe lo importante que es el Colón para mí. La primera vez que vine a este teatro lloré, algo que nunca me había pasado en ningún otro teatro del mundo. Hace poco estuve dirigiendo en la Ópera Garnier de París, que es un lugar fenomenal, con mucha historia y absolutamente hermoso. Pero el Colón es muy especial para mí porque fue el primer lugar donde sentí una conexión con la orquesta que hoy dirijo. Es un lugar donde el arte se crea cada día. Estamos hablando de tres mil personas reunidas en este teatro, de un enorme espacio de encuentro. Y eso es algo muy vivo. Es fascinante poder trabajar en un teatro tan antiguo y con tanta tradición, pero al mismo tiempo tan nuevo en el sentido de la creación y de las cosas que siguen ocurriendo dentro de él. Celebrar ahora los 80 años de la Filarmónica con nuevos programas y estrenos es muy importante. Para mí es enorme poder formar parte de la vida artística de Argentina a través de este teatro.
—Quería preguntarte algo más personal. Después de tantos años de carrera, ¿qué aprendiste de tu trabajo que solo pudiste descubrir con la experiencia?
—La cosa más básica que he descubierto, y que sigo descubriendo cada día, es cuán importante es la música para mí. En los últimos meses he estado viajando mucho por Europa: la Ópera Garnier en París, el concierto de Año Nuevo en Montpellier, la Ópera de Amberes, Bruselas… y luego el viaje a Buenos Aires, que es uno de los más largos que se pueden hacer desde Europa. Todo eso puede ser agotador. Pero cada vez que llego a un ensayo o a un concierto, todo desaparece. No estoy cansada, no estoy enferma, no estoy agotada. Estoy completamente viva. Es increíble darse cuenta de hasta qué punto este trabajo te hace sentir viva desde adentro. No envejeces. No estoy bromeando. Entiendo perfectamente por qué tantos directores han dirigido hasta los 90 años. La música tiene una energía fenomenal. Es la sensación de creación con otras personas, la sensación de que cada obra es una historia de vida. Cuando estás frente a esa historia te vuelves parte de ella. Yo siento que vivo mil vidas cada día.
—En un momento tan complejo del mundo, con guerras y tensiones, ¿qué puede hacer la música por nosotros?
—Siempre digo lo mismo, especialmente a los niños y a sus padres: la música es todo. No diría que es solo importante, diría que es esencial. Tan esencial como la comida, la salud o la educación. El arte es ese cuarto pilar que necesitamos para ser seres humanos. Cuando el arte desaparece de una sociedad, aparece un tipo de inhumanidad. Lo hemos visto muchas veces en la historia. El arte puede salvar a las personas. La música literalmente me ha salvado varias veces en mi vida. En tiempos difíciles, cuando el mundo vive momentos de incertidumbre, la música nos da esperanza, imaginación, una mirada hacia el futuro. Es una forma de creación totalmente abstracta, pero profundamente humana. La música nos permite entrar dentro de nosotros mismos y al mismo tiempo salir hacia los demás. Es un vehículo extraordinario.
—Cuando estás en el escenario dirigiendo, ¿qué sentís?
—Es un estado de meditación. En un ensayo o en un concierto entras en un estado en el que el tiempo desaparece y el espacio también.
Es el momento más largo y al mismo tiempo más corto del día. Todo ocurre con una intensidad increíble. La música funciona casi como una droga natural. Produce endorfinas, adrenalina, dopamina. En mi caso, sé que tengo la responsabilidad de que la interpretación funcione y de conducir al equipo. Soy el puente entre el compositor, la orquesta y el público. Ese es mi papel. Pero más allá de eso, lo que siento es que en ese momento defino mi existencia. Sé quién soy cuando estoy trabajando. Mi identidad se define en ese instante.
