La Catedral de Córdoba acogió anoche las lágrimas y el dolor por las víctimas del accidente ferroviario en Adamuz, en la Misa funeral, presidida por el obispo de la diócesis, Jesús Fernández, convirtiéndolas en ardiente plegaria de esperanza. La Iglesia Madre quiso acoger a sus familiares, a multitud de personas en un abrazo profundamente solidario y fraterno, al unísono con aquellas palabras de Paul Claudel, en forma de interrogante: «¿No es verdad, Señor, que los ojos no ven mientras lloran pero que después ven mejor?». Dios está en nosotros, ha entrado en nosotros. Todas las noches, Leónidas, padre de Orígenes, acostumbraba besar el pecho de su hijo dormido por reverencia al Dios que estaba realmente presente en el tabernáculo vivo del corazón de su hijo. Son precisamente los que aman, los que tienen más facilidad para descubrir al Señor, porque el amor es el que hace que afloren en nuestra conciencia esos instintos profundamente humanos, eso que hemos llamado «sexto sentido», permitiéndonos percibir sin que la «razón» se entremeta. Es la fe la que nos permite gozar de esa «presencia» en cuanto que es ella la que nos dice aquello que nosotros somos incapaces de entender. El sufrimiento del ser humano, especialmente el del inocente, es un gran escándalo para el no creyente. ¿Cuál es el origen de los males y por qué Dios no los elimina? Voltaire se preguntó lo mismo después del terremoto que destruyó Lisboa en 1755. La pregunta está en boca de todos y en todos los tiempos. Jesús mismo gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». El poeta César Vallejo, pensando en todos los atropellados del mundo, dijo: «Yo nací un día que Dios estaba enfermo y grave». ¿Qué significado tienen el mal y el sufrimiento en el mundo? ¿Qué sentido tiene la muerte? Frente al holocausto, (frente a todas las tragedias y dramas de la historia) escribe Wisel, Dios ha callado: «Silencio. Total. Absoluto. Los asesinos matan. Los asesinos ríen. Y Dios sigue callado». Incluso Benedicto XVI durante su visita al campo de concentración, lanzó la pregunta como «interpelando a Dios»: «¿Por qué, Señor, has tolerado esto?». Imposible en un articulo periodístico, desarrollar respuestas. Ni siquiera evocando la fórmula atea: «Si Dios existe, la persona no es libre», con su respuesta incluida: «Si el ser humano existe, Dios no es libre». Dios no puede decir no al ser humano, ya que Él es amor y no puede dejar de amar, lo comprenda o no el ser humano, pero no puede «obligarnos a amar». Ya lo dice un adagio patrístico: «Dios puede todo, salvo obligar al hombre a amarlo». Pero, desde la orilla de la fe, contemplamos a un Dios que no se ha desentendido del ser humano, pues ha enviado a Jesucristo, su Hijo, que viene a la tierra para «sentarse a la mesa de los pecadores». El amor es oblación hasta la muerte. Y Dios muere para que el hombre viva en Él. Cuando la desgracia nos visita, cuando la enfermedad entra en nuestro hogar, cuando el sufrimiento nos destroza, tambien nosotros nos preguntamos: «¿Dónde está Dios? ¿Por qué a nosotros?». O aquella pregunta a un niño que sobrevivíó al terremoto de Haití: «¿Cómo pudiste aguantar tantos días bajo los escombros?». Y él respondió: «Yo sabía que Dios estaba conmigo».
Hay una lección importantísima que los creyentes de todos los tiempos hemos de aprender y practicar, si queremos adentrarnos en la «esencia viva» del dolor, en relación «con el cristianismo»: «Dios, en muchas ocasiones no nos saca del atolladero, pero sí puede, con su presencia, darnos esperanza. El Dios «revelado» por Jesucristo no «sirve» para nada en el sentido que no suprime los sufrimientos, pero, «si nosotros queremos, transfigura nuestra vida y nos abre nuevos horizontes». Los creyentes no tenemos respuestas inmediatas para explicar «el silencio de Dios», pero comprendemos que esos «silencios» han de tener un significado, un sentido, una finalidad. Unamuno lo captó hermosamente en un poema magistral: «…Señor, ¿por qué no existes? / ¿Dónde te escondes? / Te buscamos y te hurtas, / te llamamos y callas, / te queremos y tú, Señor, no quieres decir: ¡Vedme, mis hijos!…».
*Sacerdote y periodista
