Un recorrido por la historia de una urbanización que marcó un antes y un después para Villa Carlos Paz, donde la arquitectura europea se fundió con el paisaje serrano para crear un refugio único de elegancia y naturaleza. En el extremo norte de la ciudad, donde el arroyo Los Chorrillos entrega sus aguas al lago San Roque, se encuentra Villa del Lago. Hoy es uno de los barrios más exclusivos y pintorescos de la ciudad, pero su origen esconde una historia de visión empresarial, arquitectura ecléctica y un destino marcado por el turismo de élite de principios del siglo XX.
La historia de Villa del Lago no se entiende sin la figura del doctor Enrique Zárate, quien adquirió grandes extensiones de la antigua Estancia San Roque y otras tierras para desarrollar un barrio de lujo, inspirado en la idea de una sueño aristocrático.
Hacia la década de 1930, mientras Carlos Paz comenzaba a consolidarse como centro turístico, vislumbró la creación de una villa de veraneo al mejor estilo del viejo continente. En 1922, construyó su castillo, una ecléctica edificación con influencias pintoresquistas y neocoloniales, diseñada por el arquitecto Alejandro Virasoro, que se convirtió en un ícono de la zona.
Zárate estableció servicios como correo y telégrafo, y marcando el carácter de la villa como un lugar de alto nivel social y cultural.
Con una planificación meticulosa, el proyecto comenzó a atraer a familias acaudaladas de Córdoba y Buenos Aires, quienes buscaban aire puro y privacidad, lejos del creciente movimiento del centro carlospacense.
Lo que hace que Villa del Lago sea visualmente impactante es su fisonomía urbana. A diferencia de la cuadrícula tradicional, sus calles son sinuosas, adaptándose a la topografía del terreno. En sus primeras décadas, el barrio se fue poblando y se sumó además el Castillo de Furt, construido por Jorge Furt con una estética medieval, uno de los grandes símbolos del sector.
Las postales de la época también destacaban el Puente Negro, originalmente de madera y hierro, paso obligado sobre el río Los Chorrillos se convirtió en el nexo vital entre el barrio y el resto de la ciudad.
Muchas de sus casas conservan nombres propios y han sido habitadas por intelectuales, políticos y artistas que buscaban inspiración frente al lago.
Durante años, Villa del Lago fue una localidad casi autónoma, con su propio ritmo y una tranquilidad inquebrantable. Sin embargo, el crecimiento explosivo de Villa Carlos Paz terminó por integrar este «oasis» al trazado urbano.
A pesar del progreso y la construcción de modernos complejos de cabañas y hoteles boutique, el barrio ha logrado mantener su identidad. Los vecinos históricos aún defienden la preservación de sus espacios verdes y la fisonomía de sus costas, que ofrecen una de las mejores vistas panorámicas del lago San Roque.
Hoy, caminar por Villa del Lago es realizar un viaje en el tiempo. Entre el aroma a pinos y el sonido del agua, las viejas casonas de piedra recuerdan una época donde el veraneo era un ritual de meses y la arquitectura, un arte integrado al paisaje.
