Morir cuando todo está empezando. Cuando celebras la juventud hambrienta y el inicio de un nuevo año, cuando te crees invencible y tu tiempo verbal es el futuro, cuando todo parece en tus manos y todo es posible… Incluso morir. Ser devorado por unas llamas segundos después de grabarlas.
Las escenas del incendio en el bar Le Constellation de Crans-Montana son escalofriantes. Sobre todo, porque quienes las observamos sabemos lo que ocurrirá. Somos conscientes de que esas bengalas en un local cerrado con una escalera estrecha como única vía de salida son una temeridad. Conocemos la rapidez con la que el fuego se extenderá por el techo inflamable y dejará atrapados a decenas de jóvenes. Sabemos de sus alaridos desesperados tratando de escapar del infierno, de los gritos desgarradores de sus padres corriendo a rescatarlos, de la incredulidad y culpa de los supervivientes.
Los espectadores de ahora lo sabemos todo. Los trágicos protagonistas de entonces apenas sabían nada. Cualquier destello de raciocinio emborronado por la euforia del momento, las alertas adormiladas por la incredulidad… Y esas pantallas… Sí, las escenas del incendio son escalofriantes también por esos móviles que graban las primeras llamas mientras un solo chaval trata de apagar el fuego. ¿Habría variado el cómputo de víctimas si sus miradas no hubieran pasado por el filtro de la pantalla? ¿Sin esos vídeos que ahora permiten documentar la tragedia y que entonces pudieron suponer una trágica distracción inicial?
El móvil ya forma parte de la vida de la mayoría, también el impulso de registrar todo lo que nos impacta. Desde un paisaje, un plato, una escena divertida o un accidente trágico. Grabar para registrar lo que se intuye como un instante único, para poseerlo y revivirlo, también para compartirlo y conformar con él una imagen ampliada de nosotros mismos. La realidad convertida en material de una memoria externa infinita y como experiencia social. ¿Hasta qué punto esa utilización altera nuestra relación con la realidad?
Como un dios de dos caras, los móviles nos conectan al mundo tanto como pueden desconectarnos de lo que nos rodea. No es solo el llamado phubbing (atender la pantalla mientras se ningunea a las personas acompañantes), es la pérdida del foco de lo que verdaderamente ocurre alrededor y, por tanto, la incapacidad de responder a los riesgos reales. Las muertes o accidentes por selfis son un ejemplo. Se han documentado ataques de animales salvajes, accidentes de tráfico o electrocuciones por esa suma trágica de concentración en un foco y desatención al entorno, por el impulso de captar una imagen mientras se desatiende la seguridad real.
Los móviles no incendiaron la discoteca de Crans-Montana. Su ausencia tampoco hubiera evitado la tragedia, pero los vídeos delatan cómo la percepción y el comportamiento se ven alterados por las pantallas, cómo pueden llegar a distanciarnos de la realidad, incluso de la más insoportable: morir en Nochevieja cuando la vida apenas comienza.
*Escritora
