Isabel Aretz: etnomusicóloga argentina y su legado en la investigación musical latinoamericana

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La etnomusicóloga, pianista y compositora Isabel Aretz (1909-2005) dedicó más de siete décadas al estudio y recopilación de la música tradicional argentina y latinoamericana. En una entrevista realizada en 1997, Aretz se refirió a su formación, su labor en Tucumán y Venezuela, y su perspectiva sobre el folclore y la globalización.

La etnomusicóloga, pianista y compositora Isabel Aretz nació en Buenos Aires el 14 de abril de 1909 y falleció en la misma ciudad el 1 de junio de 2005. Egresó del Conservatorio Nacional como profesora de piano y composición, y se graduó de doctora en Música en la Universidad Católica Argentina (UCA). Fue autora de más de 25 libros sobre etnomusicología, estudió y recopiló la música tradicional argentina y latinoamericana, los instrumentos musicales autóctonos, y las artesanías y costumbres de los pueblos prehispánicos del continente. Recibió el Premio Konex de Platino en 1999.

En el otoño de 1997, invitada por el Centro Cultural Rougés para abrir las Jornadas “La cultura en Tucumán y en el NOA”, Aretz visitó Tucumán tras una larga ausencia. Durante una entrevista, se refirió a su trayectoria y a temas relacionados con la música y la cultura.

Consultada sobre la continuidad de su labor, Aretz declaró: “Siempre es importante que haya continuadores que sigan construyendo el camino desbrozado”. Añadió que mantenía contacto con gente joven y que observaba avances en la enseñanza del folclore, mencionando la formación de una banda de sikus en la Escuela Manuel de Falla. “Soy muy optimista con el futuro de Argentina; creo que hemos vivido una época para modernizarnos, para ponernos al día, pero ahora con todo lo malo que nos ocurre, hay que salir adelante con lo bueno”, afirmó.

Respecto a la figura de Atahualpa Yupanqui, Aretz sostuvo: “Tengo un recuerdo estupendo de él porque estuvo en nuestra casa. Me pareció un difusor estupendo de nuestra música y la hacía muy bien. Eso es lo que hay que hacer, no desvirtuar la música, sino tomarla en su esencia y ejecutarla con los mejores instrumentos, las mejores voces, y difundirla porque es una música bellísima, igual que la de los aborígenes”.

Sobre su formación, relató: “Desde niña estudié piano. Cuando egresé del Conservatorio López Buchardo, como todos los alumnos, tenía que escribir una escena de ópera y me inspiré en un compositor europeo, nuestra formación era totalmente europea. Yo era compositora y pianista. Mi mamá me señaló una conferencia de Carlos Vega en la que iba a hablar de música incaica. Fui, anoté las melodías pentatónicas y cuando terminó la conferencia, Vega se me acercó y me dijo: ‘Señorita, veo que usted tiene interés en esta música. Puede visitarme en el gabinete de musicología aborigen’. Me di cuenta de que había un mundo nuevo: el de los incas, la escala pentatónica de toda esta música americana que yo ignoraba. Porque, desde luego, en el Conservatorio me habían enseñado escalas griegas, asiáticas, pero de América nunca me habían hecho nada. Dejé la carrera de concertista de piano y me dediqué a la etnomusicología. Fui ayudante de Vega y trabajé seis años gratis en su instituto”.

En cuanto a su llegada a Tucumán, Aretz explicó: “En el año 40 conocí a Juan Alfonso Carrizo y entonces vino la idea de que yo recogiera la música de las provincias en las cuales él había recogido la poesía. Porque la poesía se canta, entonces lo lógico era recoger la música antes de que se perdiera. Entonces el doctor Ernesto Padilla y Alberto Rougés me pidieron que hiciera ese trabajo. Conseguí un grabador porque en esa época todo era muy difícil y vine a Tucumán a recopilar la música. Durante cuatro años estuve viajando por Tucumán a lomo de mula y recopilé la música folclórica, la del pueblo. Había un montón de arpistas, música religiosa, todo lo que está en mi libro ‘Tucumán’, que se publicó a fines del 46. Así me inicié yo. En el 44 conseguí un puesto al lado de Vega en el Instituto. En el 46 había venido un becario de Venezuela, un muchacho muy talentoso a estudiar con Vega y también conmigo porque Vega viajaba mucho. Y cuando regresó a Venezuela se llevó mi libro ‘Tucumán’ que se acababa de publicar. Entonces Juan Liscano que es un gran poeta y que aún vive (había fundado un servicio de investigaciones folclóricas), le dijo que tenía que llevarme”.

Acerca de su partida a Caracas, relató: “Cuando llegué, Luis Felipe Ramón y Rivera me presentó como su novia. El gobierno de Venezuela le pidió al argentino ayuda para que yo fuera por seis meses. Ahí iniciamos la investigación de todo el país, pero cambiamos los métodos porque aquí recopilábamos la música que se cantaba, pero en Venezuela teníamos que recopilar toda la cultura del pueblo. Entonces empezamos a trabajar la música en la cultura, es decir, estudiábamos la vivienda, cómo se fabrican los instrumentos, la artesanía, toda la parte espiritual: la música, la poesía, los bailes, las creencias, la religión folk que le llamamos, que tiene muchas creencias diferentes. Obtuvimos la beca Guggenheim: trabajamos en Centroamérica, en Ecuador, fuimos al África, vinimos a Buenos Aires”.

Sobre la globalización y las tradiciones, Aretz afirmó: “La tradición nunca se pierde porque hay pueblos que la viven y la conservan. Lo que pasa es que hay mucha gente que no se anima a hablar de ella. Nosotros tenemos folclore en nuestras casas todos los días del año, tanto en la ciudad como en el campo. ¿Acaso no tenemos comidas típicas como las empanadas? La tradición se va armando también: hay una tradición del fútbol, del tango… porque no pensemos que la tradición es solo música, es todo aquello que el pueblo ha creado y que lo diferencia de los demás. Cada pueblo tiene una personalidad y eso entra en la tradición. No hay que restringirse a la música. Ahora desde que se inventó la grabación, empezó un comercio de la música, entonces a la música tradicional la llamamos folclórica. Es al revés de lo que mucha gente piensa; se cree que la música era folclórica y ahora debe ser popular. La música siempre fue popular, hasta tuvimos que llamarla folclórica para diferenciarla desde que se comercializó”.

En cuanto a la importancia de las raíces culturales, sostuvo: “El folclore viene del campo a la ciudad, cada vez de más adentro, de las montañas, y lo popular va de la ciudad al campo y trata de barrer el folclore porque los hijos de los campesinos creen lo que llega de ciudad es mejor, que lo que saben sus padres es anticuado, pero no es tal. Para que un país o un continente tengan personalidad es necesario apoyarse en las raíces culturales. Los africanos son africanos, los asiáticos son asiáticos, los europeos son europeos y los americanos somos europeos, pero tenemos raíces que los estudiosos, los folclorólogos hemos estudiado y sobre esas raíces hay que construir una Argentina nueva, una América Latina nueva”.

Finalmente, sobre la evolución del folclore, indicó: “El folclore está en evolución. Los campesinos conservan su folclore y hay que estudiarlo en todas las generaciones, porque hay uno de los viejos, otro de los jóvenes y también de las madres que cantan canciones de cuna a sus niños cuando nacen”.

Isabel Aretz estuvo vinculada a la Universidad Nacional de Tucumán en la década de 1940. Fue autora de diez obras de orquesta, así como piezas de música de cámara. Su labor como formadora de investigadores se proyectó en Latinoamérica.

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