Un análisis sobre cómo la escucha musical individualizada y administrada por algoritmos transforma la experiencia colectiva en aislamiento y uniformidad.
El autor Pablo Sánchez Ceci reflexiona sobre la transformación de la experiencia musical en la era digital, donde la escucha permanente, individualizada y administrada por algoritmos promete una disponibilidad infinita pero conduce a la uniformidad y al aislamiento.
Según el texto, la promesa del algoritmo es la felicidad, la diferencia, el entretenimiento y el goce asegurado, así como la reunión del gusto colectivo y la disponibilidad infinita. Sin embargo, el resultado es la uniformidad de la sensibilidad, la erosión del carácter, la angustia de consumir siempre lo mismo con distinta etiqueta y la homogeneidad del cuerpo social de melómanos.
El autor sostiene que la musicalización perpetua, ubicua, constante, mediatizada y algoritmizada separa literalmente a la humanidad. Los algoritmos segmentan zonas de públicos y audiencias, impidiendo que las personas con tradiciones y memorias culturales heterogéneas puedan conversar o discutir sobre los motivos para valorar tal o cual obra.
Además, los medios técnicos de musicalización separan físicamente a los oyentes. Los auriculares han ocupado el lugar de otros dispositivos abiertos, ambientales y necesariamente compartidos. En los auriculares suenan publicidades y canciones que millones escuchan en trenes, camiones y submarinos; todos pueden oír la estructura de sentimientos de la patria, pero no pueden oírse entre ellos que comparten un mismo vehículo.
El texto señala que los sujetos de auriculares viajan por la ciudad rigurosamente aislados los unos de los otros, sobre círculos o cápsulas predigitadas de paisajes sonoros que reprimen el riesgo, la emergencia, la novedad, el salto y la posibilidad de un otro. En compensación, en los auriculares personales se escucha solo lo mismo que se escucha en todos los demás, y los consumos musicales por plataformas en cada célula sonora están regulados por los intereses prácticos de las plataformas.
El autor también critica las obras que se pretenden revolucionarias o novedosas, pero solo pueden entregar una pose no menos genuflexa a la de sus colegas menos solemnes. No hay espacio para la politización del arte, sí para el panfleto y la consigna, pero en el terreno de la poética musical solo hay tradiciones, no hay vanguardia, no hay experiencias de exploración o romance con el desierto y el vacío.
En el campo de la música popular, el autor observa una soledad mayor: el sueño del capital se imprime en las canciones de jóvenes poetas que podrían ser músicos, pero antes quieren pegarla; tienen nostalgia anticipada del under, obnubilados por pegarla, su deseo de ser mayores les arrebata la creatividad infantil, imposibilitados de ser una renovación a la tradición, citan y referencian todo porque no pueden proponer nada nuevo.
