A las tres de la tarde de un día de agosto, el quiosco de Moraleda de Zafayona, en el poniente granadino, permanece casi vacío. Juan Romera, su dueño desde hace más de cincuenta años, atiende el local que fundó su padre y que hoy conserva la memoria del pueblo.
Son las tres de la tarde de un agosto que derrite las copas de los árboles. En el quiosco de Moraleda de Zafayona, en el poniente granadino entre Loja y Granada, apenas quedan dos parroquianos que apuran los últimos tragos de vino. Las calles están desiertas. Juan Romera pasa, con parsimonia, la bayeta por la barra. Es un gesto miles de veces repetido, monótono, que reproduce cada día desde hace más de cincuenta años.
Hace ya tiempo que las chicharras no cantan en el moral que había a la entrada del local, ni anidan, como solían, los pájaros. Hoy sólo queda un tronco que apenas sirve de banco para sentarse y ver pasar el tiempo y los coches entre Alhama y Granada, en esta tierra que vive del campo y de la gastronomía de sus locales y que conserva su pasado troglodita con el barrio de las cuevas, que en otro tiempo constituyó el núcleo del pueblo.
Cuando el negocio lo montó su padre, lo hizo con un quiosco de madera forrado con chapa y comprado en Alhama. Tenía poco más de un metro cuadrado y allí empezó a vender chucherías, frutos secos, helados y algunos tragos. En los años ochenta el negocio se fue agrandando y ya se le puso cuarto de baño. Antes de eso había tenido un chambao donde estaba la báscula.
“Mi padre abría a las cinco de la mañana para servir copas de aguardiente a los arrieros y a los que iban a la remolacha. Todos bebían del mismo vaso. Más tarde se iba al corte a darles bebida, para que pudieran ir tirando. Por la tarde noche se juntaban aquí, a la sombra de la morera. Entre unos cuantos compraban una botella que pagaban a escote y se la bebían a tragos. Algunas veces discutían por si éste o aquel se había alargado demasiado o si había picado dos veces del plato, pero luego acababa todo en camaradería”, relata Romera.
Moraleda contaba entonces con 23 bares, era uno de los pueblos con más bares por habitante de toda la provincia. Los más antiguos son el restaurante “El Cruce”, que entonces era una venta y hoy, gracias a Nono y a Belén, es uno de los más afamados de la comarca. Junto con el establecimiento de Juan son los más antiguos. Ahora casi se pueden contar con los dedos de las manos.
En los años sesenta se inundaron las cuevas y, según cuenta “Frasqui”, como le llaman los niños de ahora, Franco hizo en poco tiempo dos núcleos de 125 casas cada uno, justo en frente del quiosco y ahí se vinieron a vivir. Era casa y almacén, de donde había que traer las cajas de vino, de aguardiente y el tabaco. Como el camino era empedrado, unas cuentas cajas se iban volcando. Juan era muy pequeño y apenas podía con el carretillo en el viaje de la casa al quiosco. “Ahora me lo traen aquí, pero entonces… Yo siempre he estado aquí, salvo en la mili que la hice en Granada, pero también estuve de camarero. Allí nos llamaban barman. Aprendí mucho. Había que estar como un ‘pincel’ y hasta llevábamos pajarita”, recuerda.
María, su madre, preparaba entonces la comida en casa y se llevaba al barecito y se ponía en unas vitrinas con agua caliente. “Aún llegan facturas a nombre de mi madre. Los de los helados le pusieron quiosco María, y así vienen todavía”, afirma.
“La gente se reunía aquí para hacer sus tertulias. Cada uno traía algo, un salchichón, tomates… y aún lo siguen haciendo. Pero la cosa ha cambiado mucho, queda poca gente. Yo nunca me planteé hacer otra cosa. No sé qué me hubiera gustado ser. He nacido aquí y conmigo muere esto. He tratado que a mis hijos no les faltase nunca de nada, pero hay que echar muchas horas, mínimo doce diarias. Esta fue mi escuela toda la vida. Se aprende mucho también detrás de una barra”, sostiene.
El viaje más largo que hizo Juan fue a Cuba. Era la ilusión de su vida desde chico. Entonces Luis Aguilé cantaba “Cuando salí de Cuba” por aquellos años y se le quedó grabado. Guarda muchos recuerdos de ese viaje, pero se vino triste: “Fui por los noventa y ya entonces era un desastre; había mucha pobreza y mucha miseria. Me vine con lo puesto. Lo dejé todo allí”, declara.
“Mi padre abría muy temprano y no se cerraba nunca, porque decía que, cómo iba a dejar abandonados a sus clientes. Aquí somos todos una familia. La gente se fue haciendo vieja o muriendo y esto ya no es lo que era, pero aquí estamos mientras el cuerpo aguante”, concluye.
Los parroquianos van llegando para el café. Según entran por la puerta, Juan coge el portafiltro y lo va llenando de café. No pregunta. Él sabe lo que quieren; éste con leche, aquel cortado, el otro bautizado con unas gotas de aguardiente o de coñac. El sonido de las cucharillas se pierde entre el ruido de la televisión que está puesta de fondo, para nadie. No hace mucho uno de los asiduos era Juan Manuel Martín Heredia, “Rular”, un vecino que trabajó con “Juan” Wayne y cuidó de sus caballos.
La tarde avanza, Juan Romera sabe que aún le quedan unas horas por delante… y unos años. Tras los cristales, el tiempo sigue desdibujando la memoria de aquellos años de la infancia. Un paisaje mil veces repetido hasta el cansancio. En las paredes de su palacio está el recuerdo del pueblo, de los suyos, de él mismo. Moraleda tiene un punto cardinal en este antiguo local. Conviene no olvidar que gran parte de la historia de los pueblos se hace en lugares como este. Que sea por mucho tiempo.
