Un análisis sobre el potencial energético, los corredores bioceánicos y la integración binacional que posicionan al norte patagónico como un polo de desarrollo.
El norte de la Patagonia concentra un enorme potencial energético, logístico y geopolítico que, según diversos antecedentes históricos y recientes, podría consolidarse como una región estratégica de Argentina con proyección binacional hacia Chile.
El geólogo estadounidense Bailey Willis, contratado por el Estado argentino entre 1911 y 1914, ya había identificado las posibilidades de la zona. Sin embargo, la baja densidad demográfica, las dificultades de comunicación y la concentración histórica de población e infraestructura en el área pampeana postergaron su desarrollo.
Un siglo después, la expansión de Vaca Muerta reactivó esas perspectivas. El oleoducto Vaca Muerta-Punta Colorada, de 437 kilómetros, proyecta una capacidad de transporte de 550.000 barriles diarios para 2027. Además, el 10 de junio pasado, el gobernador neuquino Rolando Figueroa recibió al canciller chileno Francisco Pérez Mackenna y a la ministra de Energía Ximena Rincón, en el marco de iniciativas de vinculación bilateral.
Paralelamente, una delegación interprovincial participó del Global Energy Show organizado entre el 9 y 10 de junio por la Cámara de Comercio Argentino Canadiense en Calgary, evento que reunió a más de 30.000 referentes de la industria energética global.
El consumo mundial de energía aumentó aproximadamente un 50% en lo que va del siglo XXI. Las proyecciones indican nuevos incrementos hacia 2040, impulsados por la urbanización, la electrificación del transporte, la industrialización de países emergentes y el crecimiento de los sistemas de inteligencia artificial. En ese contexto, Vaca Muerta se presenta como un activo relevante.
La infraestructura energética atraviesa Río Negro, desde donde se exportará gas natural licuado. Bahía Blanca, al sur de Buenos Aires, se consolida como nodo logístico-energético, con una inversión anunciada de 3.000 millones de dólares en su puerto. Los pasos cordilleranos facilitan la integración con Chile, cuyos puertos del Biobío conectan con mercados del Pacífico.
La posibilidad de utilizar puertos y servicios desde el Atlántico o el Pacífico supone la consolidación de corredores bioceánicos. Estos fenómenos geopolíticos reorganizan flujos comerciales, atraen inversiones y generan nuevas centralidades urbanas. La comparación con la provincia canadiense de Alberta, que forma parte de una región con intereses propios, se mantiene como referencia.
El desarrollo de la minería, las energías renovables y la eventual producción de hidrógeno podrían reforzar la importancia económica del espacio nor-patagónico. No obstante, persisten interrogantes sobre la infraestructura necesaria, el financiamiento, los mecanismos de coordinación regional y la distribución de la renta energética.
La experiencia de Alberta muestra que los recursos naturales no garantizan prosperidad sin estabilidad institucional, infraestructura, innovación y planificación de largo plazo. En ese sentido, la propuesta de trasladar la Capital Federal a Viedma, impulsada por Raúl Alfonsín hace casi cuarenta años, buscaba otorgar al sur argentino un papel más relevante en el desarrollo nacional.
Actualmente, las razones que colocan al norte patagónico en el centro del debate son principalmente económicas y geopolíticas. Si la tendencia se consolida, la región podría dejar de ser una periferia para convertirse en uno de los centros de gravedad de la Argentina del siglo XXI.
