Soy hermana de Horacio Ungaro, uno de los chicos detenidos-desaparecidos en La Noche de los Lápices. Aunque conseguimos una sentencia en el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el Pozo de Banfield, seguimos preguntando dónde están nuestros seres queridos.
Horacio desapareció el 16 de septiembre de 1976, junto a su compañero Daniel Racero, en el domicilio de mi mamá. Estaban durmiendo para ir a la escuela al día siguiente. Mi hermano era militante, daba clases de apoyo escolar y alfabetización en una villa de emergencia que había detrás del Hipódromo de La Plata. Jugaba al ajedrez y era extremadamente lector. En su mesita de luz siempre estaba el Diario del Ché y el Manual de Filosofía de Victor Afanasiev, todo subrayado y marcado.
La Plata era una ciudad asolada por las bandas parapoliciales como la Triple A y la Concentración Nacional Universitaria, la CNU. Desde 1974 comenzaron a atacar. Tuvimos la Masacre de La Plata, la matanza del Gringo Pierini junto a Rolando Chávez y a su padre Horacio poco después del asesinato de Rodolfo Ortega Peña. Previo al golpe hubo muchos asesinatos. Nuestra ciudad tiene muchísimos desaparecidos.
Siempre pensé qué fuerza debe haber tenido Horacio, siendo tan chico, para arrojar todos sus libros por la ventana a la calle cuando sintió que llegaban a detenerlo. Libros que logramos recuperar y conservar, hoy los tengo conmigo como un gran tesoro.
Yo tenía 26 años. La dictadura hizo que saliera a buscarlo junto a mis padres. Nos fuimos reuniendo con los otros familiares, los de Claudia Falcone, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner y todos los demás.
Primero pedíamos la aparición con vida, que era la consigna lanzada por las Madres. Cosa que no obtuvimos. Entonces empezamos a exigir el castigo a los culpables.
21 de noviembre de 1977. Marta Ungaro junto a otros familiares intantan contactarse con el secretario de Estado estaounidense Cyrus Vance. Fue el primer día que la Madres se pusieron los pañalas de sus hijos en la cabeza
Participé la primera vez que las Madres usaron los pañuelos. Fue el 21 de noviembre de 1977, cuando vino a la Argentina el secretario de Estado estadounidense Cyrus Vance. Fuimos desde La Plata a Buenos Aires junto a Elba Falcone. Ella repartía los pañales de tela que luego se convertirían en el símbolo de las Madres. Y ése día también, debajo de un jacarandá, se formó Abuelas.
También estuve cuando vino la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la CIDH. Mientras hacíamos cola para que nos recibieran los funcionarios de la OEA, el relator de fútbol José María Muñoz nos insultaba al grito de “los argentinos somos derechos y humanos”.
En 1977 me encargué de recolectar el dinero para pagar lo que sería la primera solicitada en los diarios, denunciando la desaparición de Azucena Villaflor y preguntando dónde estaban nuestros familiares. Cada familiar firmó poniendo su nombre y apellido junto al DNI.
En nuestra búsqueda, como familiares, fuimos encontrando a muchos de los represores y verdugos de nuestros seres queridos. Yo logré localizar a Néstor Beroch, miembro de la CNU que participó en el secuestro de mi hermano. Lo encontré dando clases en un colegio secundario. Logramos que lo separaran de la escuela, aunque hasta que murió tuvo el beneficio de la jubilación.
También encontré a Juan Miguel Wolk, el responsable del Pozo de Banfield. Había sido condenado en 1986 en la Causa Camps, pero lo salvó la Ley de Obediencia Debida. Años después lo dieron oficialmente por muerto, pero yo trabajaba en la Cámara Electoral bonaerense y veía que Wolk seguía apareciendo en los padrones.
En la causa de mi hermano mandamos un oficio a la caja previsional de Policía para saber quién cobraba el beneficio de la pensión. Después de no contestar por mucho tiempo, casi dos tres años, con gran sorpresa contestaron que había cobrado en junio. Así descubrimos que Wolk estaba vivito y coleando en Mar del Plata, en el Bosque Peralta Ramos, era vecino de Miguel Etchecolatz.
Los sobrevivientes y los familiares fuimos quienes juntamos todas las pruebas y lo necesario para que se hicieran los juicios. También para encontrarlos, cosa que aún no hemos logrado. Fue una lucha de muchísimos años y cuesta creer que se estén por cumplir cincuenta años de ese golpe genocida. Hoy tengo 77 y sigo buscando a mi hermano, como a los 30 mil.
Si no hay castigo, la historia vuelve a repetirse. Hoy escucho cómo un policía mató a un chico que iba a jugar al fútbol e hirió a su amigo. El gatillo fácil nos sigue recordando que la Policía de Camps sigue entera por más que la modernicen. Es ésa policía que reprimió en Guernica y en tantos lados. Para no hablar de las fuerzas federales, que a las órdenes de Patricia Bullrich reprimen a jubilados y hacen lo que hicieron con Pablo Grillo.
Tenemos que luchar contra Javier Milei, pero también contra los cobardes y traidores. Si la reforma laboral y otras leyes contra el pueblo pasaron por el Congreso, también fue por ellos. Tenemos que fortalecer a nuestro Frente de Izquierda, que se incorpore más gente. Es un orgullo tener representantes que defienden de verdad los intereses del pueblo, tanto en las cámaras como en la calle.
Nuestra lucha siempre tiene que ser clara, precisa e inclaudicable. Así podemos mirar a todo el mundo de frente y sin haber traicionado nunca nuestros principios ni a nuestros familiares.