Córdoba. Era un sábado templado del fin de semana largo del 16 de agosto de 2003, cuando Javier Antonio Filippi de 31 años de edad, junto a dos amigos partieron desde el B° Alberdi de Córdoba, rumbo a la Playa de los Hippies en Cuesta Blanca, lugar donde era un asiduo visitante: «Fue un día más, una salida más. Él amaba ese lugar e ir con amigos; sé que se juntaba en un lugar donde vivía El Ermitaño», le relató a El Diario Graciela Funes (74), mamá del joven desaparecido.
Javier era chapista y si bien nunca había concretado una relación familiar, tenía una hija a la cual cuidaba y con quien compartía su vida.
«Sus amigos eran artesanos y Javier ni bien tenía oportunidad viajaba a Cuesta Blanca a pasar un par de días. Digamos que eran sus escapadas. Ese fin de semana trágico para toda la familia, se fue sin que pudiéramos despedirnos y tal vez ese sea uno de los dolores más grandes que llevo conmigo. Siempre nos despedimos con un beso y un abrazo, pero esta última vez no, sólo se fue y no lo volvería a ver nunca más», dijo su madre compungida.
«Javier debió volver el día martes.. no llegó y pensamos que había decidido quedarse un día más. Pasó el miércoles, jueves y viernes y toda la familia comenzó a sospechar que algo le había pasado. El sábado nos presentamos en Cuesta Blanca, allí hablamos con varias personas entre ellas El Ermitaño, que nos dijo que Javier se había enojado con sus amigos y se había ido con otro grupo. Una mujer que tenía un kiosco donde ellos se proveían nos aseguró que lo vio en la parada del colectivo. Sus amigos (con los que había viajado) nos dijeron que nunca se habían peleado, que solamente Javier había decidido irse con unos amigos», relató la mujer.
La larga peregrinación
La familia se presentó en la Comisaría de Villa Carlos Paz, donde le dijeron que la denuncia la debía realizar en Icho Cruz, pero finalmente y ante la insistencia se la tomaron allí: «Nunca tuvimos acceso a la causa, ni dinero para contratar un abogado o un investigador. Meses después apareció un cadáver, nos presentamos, me hicieron la prueba de ADN pero el padre que es médico anestesista y vive en Santa Fe Capital nunca se presentó para hacer la muestra. Sé que más tarde dio negativo o sea, el cadáver no era el de mi hijo. El sumario es 699/06 y lo instruía el sargento Romero. También supe que estuvieron citados a declarar los dos amigos que habían viajado con mi hijo que de apodo a uno le decían Casio y al otro le decían Víbora. También citaron como testigos a Marcelo Pucheta (le decían Moy) y otro chico que se llamaba Mariano. Todos vivían en Alberdi, salvo la mujer del kiosco de Cuesta Blanca, que vivía allí y se llamaba Doris», dijo Graciela.
Aquella misteriosa nota
Había pasado ya un tiempo considerable desde la desaparición de Javier Filippi, cuando una carta anónima llegó a la familia: «La dejaron en la puerta. En la carta se señalaba que mi hijo había sido asesinado por sus amigos. Llevé esa carta a la policía, que me informó que habían excavado en dos o tres lugares en la búsqueda del cuerpo de mi hijo pero que no habían encontrado nada. La excavación la habían realizado los bomberos… pero tampoco supe más nada», destacó la mujer.
El texto de la nota anónima señala: «Hola, soy amigo de JAVIER y perdón por mi decisión pero esta es la única manera de hacer justicia aunque sea cruel. JAVIER salió un día para Cuesta Blanca allí hubo una disputa entre AMIGOS, él fue malherido y se desangró hasta su muerte. Para no dar a conocer su muerte lo enterraron ahí mismo en un pozo de basura, el cual alguna noche un hombre conocido como EL HERMITAÑO prende fuego sobre su cuerpo para que no quede rastro alguno. Esta es su descripción MIDE 1,75 A 1,80 MAS O MENOS, es bien parecido cabello canoso largo hasta los hombros, delgado y vive en una carpa improvisada por él. Detras de su carpa esta el basural donde JAVIER está ENTERRADO. La pelea que ocacionó su muerte fue entre tres hermano C…., el V…., el C….
Ahora yo no voy a especificar nada más, no investigues esta carta, decile a la POLICÍA cualquier otra cosa, que te hablaron por teléfono o personalmente te lo dijo un desconocido y se fue sin decirte más nada.
El alma de JAVIER no está en PAZ, por favor sacalo de ahí!!!! y dale santa supultura.
Firma: Un amigo de JAVIER», detalla la misiva.
El esperado abrazo
«Si mi hijo llega a estar vivo quisiera que se comunique conmigo. No le preguntaría nada pese al infierno que vivo desde hace 23 años. Sólo un abrazo, un largo abrazo y que conozca a su hija que ya tiene 27 años. Sin saber qué pasó con él, nunca voy a poder cerrar mi vida que tan dura ha sido», concluyó Graciela Funes.
