Este lunes comenzamos un nuevo programa por LID+ junto a “Chipi” Castillo y Jesica Calcagno. En esta columna intentaremos ir abriendo algunas discusiones sobre ese terreno que cruza las llamadas nuevas tecnologías y el mundo digital con la política y la lucha de clases.
En este caso comenzamos con un debate que tiene siglos, pero que desde inicios del siglo XX cobra cada vez más importancia: la relación entre tecnología y guerra. Muchas de las tecnologías que usamos todos los días, como la radio, Internet, el GPS o la aviación (por solo nombrar algunas), nacieron o pegaron grandes saltos impulsadas por el desarrollo militar y los recursos que los Estados invirtieron cuando se trataba de proyectos que no eran rentables para la actividad privada.
Hoy estamos viendo algo similar con la inteligencia artificial, que si bien no nace como un proyecto estatal, sí se está metiendo de lleno en el debate sobre la guerra y su uso por parte de los Estados.
Obviamente, muchos de estos procesos tienen su epicentro en Estados Unidos, que como principal país imperialista condensa dentro de sí mismo muchas de las contradicciones centrales entre el desarrollo de la tecnología y el uso que le da esta sociedad capitalista.
Donlad Trump Vs. Anthorpic
Anthropic es la impulsora de Claude, la familia de modelos de lenguaje de inteligencia artificial generativa que en los últimos meses cobró mucha visibilidad. Dario y Daniela Amodei la fundaron luego de renunciar a OpenAI, que es la impulsora de ChatGPT, luego de plantear varias diferencias sobre la seguridad y el enfoque que estaba teniendo esta empresa.
En 2024, Anthropic firmó un acuerdo con el Pentágono por 200 millones de dólares para integrar su inteligencia artificial en sus sistemas. El objetivo era claro: análisis de inteligencia, procesamiento de datos masivos e identificación de objetivos militares.
Pero el contrato tenía dos límites: el sistema no se usaría para la vigilancia interna de la población y tampoco para el uso de armas completamente autónomas.
El problema empezó cuando el Pentágono quiso eliminar esas restricciones. Quería poder usar la tecnología para “cualquier fin legal” y Anthropic se negó.
El gobierno de Donald Trump respondió escalando el conflicto: canceló el contrato y declaró a la empresa un “riesgo para la cadena de suministro de la seguridad nacional”. Una categoría utilizada históricamente contra empresas extranjeras acusadas de espionaje, como se ha hecho con la empresa china Huawei. La novedad fue su aplicación en una empresa estadounidense.
¿Qué pasó?
Rápidamente, OpenAI corrió a las puertas del Pentágono para ocupar su lugar y los suculentos contratos, y Anthropic ya se presentó en los tribunales apelando la medida del gobierno.
A primera vista, podría parecer una disputa ética. Una empresa “responsable” enfrentando a un Estado “sin límites”. Pero eso es, en el mejor de los casos, incompleto.
La empresa puede hablar de ética, pero también está defendiendo su negocio y su poder. El crecimiento de usuarios, el posicionamiento de marca, la disputa por el mercado: todo eso está en juego.
La misma Claude responde que, a pesar de la pérdida de contrato, la empresa está viviendo un “efecto rebote”, ya que “los usuarios activos diarios crecieron más del 140% desde enero”. En un EEUU polarizado, enfrentarse a Trump también puede ser un negocio. Una especie de “human washing” donde la ética también funciona como estrategia comercial.
Defienden su poder. Porque estas mismas tecnologías ya están siendo utilizadas en contextos militares reales, procesando información de inteligencia y participando en escenarios como Venezuela o Irán.
Cuando decíamos que no aceptaban que Claude se use para investigaciones internas, entendamos que “internas” es para los ciudadanos de EEUU; los demás habitantes de este planeta… te la debo.
Y cuando dicen que “no usarán nuestra IA para armas autónomas”, es porque “Claude aún no está lista para eso”.
Abrir algunas preguntas de fondo
La inteligencia artificial funciona sobre datos. Esos datos los producimos todos nosotros, todo el tiempo: cuando usamos el teléfono, cuando nos movemos por la ciudad, cuando compramos algo, cuando miramos una serie, incluso cuando usamos la propia inteligencia artificial.
Los conocimientos que permiten procesarlos tienen base en la matemática, la cibernética, la informática, en gran parte desarrollos producidos durante décadas en universidades públicas y/o con financiamiento público.
Pero todo eso termina concentrado en un embudo controlado por empresas privadas y algunos Estados imperialistas.
Ahí tenemos uno de los núcleos del problema.
Porque esa concentración permite algo que hace no tanto parecía ciencia ficción: sistemas de vigilancia social capaces de construir perfiles detallados de individuos y poblaciones enteras.
En el terreno militar, sistemas que permiten cruzar datos, detectar patrones, identificar objetivos y acelerar decisiones de guerra.
Frente a esto, el debate muchas veces se desliza hacia un falso problema: si la tecnología es buena o mala. La tecnología no es “neutral” pero tampoco es la que decide. Poner el foco solo en la misma saca de escena las decisiones políticas.
Por ejemplo, Israel ha invertido miles de millones de dólares en inteligencia artificial.
Pero en Gaza decidieron la destrucción masiva y el genocidio. Fue una decisión política.
Ahora también salen a la luz muchas investigaciones que reflejan el sesgo machista y racial de las respuestas de la IA. Sea por reproducir los mismos sesgos de una sociedad capitalista, racista y patriarcal, o sean líneas editoriales, va marcando otros problemas que ir abordando.
El problema no es la inteligencia artificial en sí misma, aunque debamos estudiarla y repensarla, sino las relaciones de poder en las que se desarrolla.
Es una nueva capa en la disputa por el poder en el capitalismo. Una donde la información, los algoritmos y la capacidad de procesarlos se convierten en herramientas centrales para gobernar, vigilar… y hacer la guerra.
Y ahí las preguntas vuelven, cada vez más urgentes:
¿Quién va a controlar todos estos datos que hacen a nuestras vidas?
¿Las empresas privadas regidas solo por la sed de lucro?
¿Los Estados imperialistas que se alistan para la guerra?
