La guerra en Oriente Próximo pone en jaque a China, que el año pasado compró el 80% del petróleo de Irán

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Los diplomáticos chinos admitían años atrás que lidiar con un líder tan volátil y levantisco como Trump les desconcertaba. En la primera guerra comercial apenas pudo China achicar agua hasta acordar el aumento de importaciones que impuso Washington. En su siguiente mandato había hecho los deberes China y venció sin esfuerzo en la segunda guerra comercial. Para una tormenta arancelaria tiene respuesta pero hay dudas razonables de si también pronosticaron esta furia bélica. Fue Trump quien acusaba a los demócratas de perder tiempo y dinero en guerras y defendía el regreso a los cuarteles.

 Venezuela, Irán y el punto de mira en Cuba y Colombia. No parece casual que la nómina de damnificados confirmados y potenciales sea tan cercana a Pekín. Con los primeros calcó la reacción: condenó los ataques por ilegales, exigió el respeto a la soberanía nacional, ensalzó el diálogo como vía de resolver conflictos y denunció el matonismo y la ley de la jungla. Sin ningún auxilio militar, como tampoco lo disfruta Rusia en Ucrania. Esa ofensiva estadounidense a la que China sólo opone su diplomacia compromete, según algunos análisis, su seguridad energética y estrategia geopolítica. La realidad es menos dramática y a largo plazo no escasean las oportunidades.

China, el mayor comprador de petróleo del mundo, recibió el pasado año el 80 % de la producción iraní. Representa el 13 % de sus importaciones globales. Por el estrecho de Hormuz le llega la mitad del petróleo global y un cierre prolongado sería catastrófico. El cuadro se completa con el secuestro estadounidense dos meses atrás de la industria petrolera venezolana, aunque el volumen que vende a China es mucho más pequeño. Las malas noticias se agolpan cuando Pekín necesita mucha energía para alimentar la Inteligencia Artificial, un pilar básico de su nueva economía.

El presidente chino, Xi Jinping, canta el himno nacional en la apertura de la Asamblea Nacional Popular, este jueves en Pekín. / ANDRÉS MARTÍNEZ CASARES / EFE

Pero China, que subraya la seguridad energética en todos sus discursos oficiales, se ha cubierto las espaldas. Por un lado ha acentuado la transición hacia las energías verdes en los últimos años. Por otro, aumentó sus importaciones de crudo un 4,4 % y el grueso de ese excedente se destinó a reservas. Le bastarían para varios meses, calculan los expertos, y para alargarlas prohibió esta semana a las empresas estatales la exportación de crudo. Si el estrecho de Hormuz sigue cerrado más allá de ese umbral, el apagón no será chino sino global. Y en cualquier caso podría recurrir al amigo ruso.

Es más probable que sus facturas se hinchen. China disfruta de amistosos descuentos en la quinta parte de la factura global de hidrocarburos gracias a la pulsión de Occidente por sancionar a cualquier país que le irrite: Rusia, Venezuela o Irán. A un hipotético cambio de gobierno en Irán le seguiría el levantamiento de las sanciones y el fin del chollo.

Filipinas o Japón

A la tradicional influencia estadounidense en Oriente Medio y Latinoamérica ha opuesto China su ofensiva comercial y diplomática en las últimas décadas. El ímpetu democratizador de Trump pretende extinguir su huella. “Es evidente que quiere debilitar a los gobiernos afines a China y fortalecer a los rivales como Filipinas o Japón. Va estrechando el cerco y ya sólo queda Taiwán y el Mar del Sur de China”, señala Xulio Ríos, asesor emérito del Observatorio de la Política China.

A la estrategia en Latinoamérica le favorece el giro conservador del continente y las amenazas cotidianas de aroma mafioso para los reacios. “Coincide con la llegada al poder de líderes anacrónicos, muy de derechas y con discursos serviles. No es descartable un alineamiento tremendo con Washington que pondría en aprietos a China. Hasta ahora su mayor problema era la inestabilidad, ahora es la política de amenazas de Estados Unidos. Le espera una situación muy volátil que tendrá que gestionar con mucho tacto y dinero”, advierte. El tiempo fijará sus efectos pero dos factores sosiegan a Pekín: ya es el principal socio comercial de la zona y Estados Unidos carece de medios e interés para sustituir las infraestructuras que levanta China. 

Los últimos meses confirman que, cuando llueven las bofetadas, conviene más al lado la potencia adicta a las guerras que la alérgica. Ni a Maduro ni a Alí Jamenei le sirvió de mucho China pero señalarla como un socio poco fiable es erróneo. Ni ellos ni Putin recibieron nunca de Pekín un compromiso de defensa. China tiene socios, no aliados; firma tratados de comercio y desarrollo, no militares; y su Ejército está diseñado para la defensa de su territorio, no para aventuras bélicas en Europa, Oriente Medio o Latinoamérica. Las encuestas certifican las crecientes simpatías globales hacia China mientras se hunde la reputación estadounidense incluso en aliados tradicionales como Europa.

“La diplomacia china a largo plazo le procurará más adhesiones y fortalecerá su posición en el mundo. En su discurso se presenta como un país que no crea problemas ni los agrava, que apuesta por políticas de diálogo y cooperación, que colabora en la lucha contra el cambio climático”, termina Ríos.

Mianmar certifica los límites en los cambios de regímenes que impulsa Estados Unidos en la actualidad. Cuando Aung San Suu Kyi, la Nobel de la Paz, relevó a la Junta Militar, muchos pronosticaron que su gobierno prooccidental cortaría sus lazos con Pekín. Ocurrió lo contrario: aumentaron los contactos diplomáticos y las inversiones. Cualquier dirigente sensato sabe que no puede vivir hoy de espaldas a China y menos aún en contra de China.

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