Kiev se hiela por los ataques de Rusia contra el sector energético: «Quieren quebrarnos para que nos rindamos»

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Anastasia Liana hace días que no pasaba por su casa, un pequeño apartamento de la época soviética en la orilla izquierda del río Dniéper que atraviesa Kiev. Para entrar en la cocina aparta un plástico que instaló bajo el quicio de la puerta para tratar de retener el calor. También las ventanas están selladas con silicona, pero dentro el termómetro marca solo 7 grados. «Y eso que es mediodía», dice frunciendo el ceño. La calefacción no funciona desde hace más de un mes y tampoco hay electricidad. Todo lo que tiene para calentar a su familia son dos hornillos de camping gas y una diminuta estufa de biocombustible. «Estábamos felices en esta casa, nos gusta el barrio y tenemos amigos, pero nos han obligado a marcharnos», lamenta esta traductora de 35 años y madre de dos niños pequeños.

Liana ha acabado poniendo tierra de por medio. Hace dos semanas se llevó a su familia a casa de sus padres en busca de una condiciones de vida medianamente soportables. «No aguantábamos más psicológicamente. Con tantas capas de ropa encima, los niños habían dejado de jugar. Y la tensión provocaba muchas peleas con mi marido. Los niños no se merecen esto», apunta con gesto serio. Los ataques rusos contra las infraestructuras energéticas ucranianas han sido una constante desde el inicio de la invasión, pero este año sus consecuencias se han agravado al coincidir con uno de los inviernos más gélidos de los últimos años.

Este miércoles la temperatura exterior rondaba por la mañana los 15 grados bajo cero. Un palmo de nieve cubre toda la ciudad. Témpanos de hielo asoman aquí y allá como cuchillos. Con milles de hogares sin calefacción y apenas dos horas de electricidad al día en parte de la ciudad, Putin ha vuelto congelar la existencia de millones de ucranianos. «Rusia trata de destruir nuestra moral imponiendo unas condiciones de vida miserables. Quieren quebrar nuestro espíritu para que nos rindamos, pero no lo van a conseguir», dice Andriy Artsybashev, un profesor de inglés de 27 años.

«Puntos de invencibilidad»

Artsybashev se ha pasado la mañana dando clases online desde uno de los centros de asistencia humanitaria instalado frente a su bloque de apartamentos, grandes tiendas de campaña con calefacción, electricidad para cargar los dispositivos, juegos para los niños e infusiones calientes para recuperar el aliento. «Puntos de invencibilidad» los llaman. «En mi casa no se puede estar y para colmo se me han quemado los enchufes por las oscilaciones de la tensión. Bajo aquí unas horas a cargar los dispositivos y dar clases», afirma. Cerca suyo un hombre dormita en un banco y una anciana curiosea en el teléfono protegida del frío.

Uno de los ‘Puntos de Invencibilidad’ en el barrio kievita de Razhytskyi, en la orilla izquierda del Dniéper. / Ricardo Mir de Francia

Por las noches duerme vestido bajo las mantas y, cuando vuelve la corriente, se arrebuja entre botellas de agua caliente. Otros incluso han instalado tiendas de campaña dentro de sus apartamentos. O antes de que oscurezca buscan refugio en casa de algún amigo con calefacción. En la calle hace tanto frío que la tinta de los bolígrafos se congela y no hay manera de que funcionen. Al menos 10 kievitas han muerto en las últimas semanas de hipotermia y casi 1.500 han tenido que ser hospitalizados.

El apagón energético no es generalizado. Va por barrios. Algunos vecindarios han recuperado últimamente el gas de la calefacción central y tienen bastantes horas de luz, pero en otros persisten las condiciones extremas. Particularmente en la orilla izquierda del Dniéper. Hace dos semanas Rusia dañó severamente con misiles balísticos la planta de cogeneración de Darnytsia, que abastecía de calefacción y electricidad a 300.000 hogares en esta parte de la capital.

Crímenes de guerra

«Esto no es un objetivo militar», dijo entonces el viceprimer ministro, Oleksiy Kuleba, tras describir el bombardeo como un crimen de guerra. «Fue un ataque deliberado en plena helada severa, cuando la calefacción es una cuestión de supervivencia básica para la población». La Organización Internacional de las Migraciones ha advertido que la crisis energética podría desplazar a 325.000 ucranianos en los próximos meses. «Después de cuatro años de guerra la resiliencia por sí misma no basta para sostener a las familias durante otro invierno de apagones y temperaturas gélidas», afirmó la agencia de la ONU.

En este sector de la ciudad decenas de colegios y guarderías llevan semanas cerrados por el apagón. En la calle se palpa la desesperación, aunque casi nadie parece dispuesto a ceder ante el invasor. «No hay suficiente trabajo, no hay suficiente dinero, los colegios están cerrados y los niños no tienen nada que hacer. Con tantos hombres en el Ejército, muchas mujeres están solas. Solo nos tenemos a nosotras», dice a modo de letanía Maria Farinets frente a un café caliente y un corrillo de vecinas. «Putin quiere enfrentar a ricos y pobres, a los que pueden calentarse y a los que no, pero por nosotras se puede ir al infierno».

Maria Farinets, una vecina de Kiev afectada por el apagón energético. / Ricardo Mir de Francia

Para los más mayores, seguramente los que peor lo están pasando, la incredulidad sigue siendo la norma. «Siempre nos consideramos hermanos, nunca pensé que Rusia llegaría a estos extremos», concede Tetiana Melnick, una ingeniera jubilada de 71 años. Sus hijas se marcharon a Alemania tras la invasión y su marido murió el año pasado. Se ha quedado sola como un lirio caído sobre la nieve del invierno. «En casa me abrigo y tomo mucho té caliente. Apenas uso la electricidad cuando llega porque sé que hay familias con niños que la necesitan más que yo», dice en uno de esos «puntos de invencibilidad», puntos donde se perpetua la supervivencia ucraniana.

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