El Espanyol dicta la receta del derbi y Fermín la cocina

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Había tantos ingredientes de aderezo alrededor que el protagonista del plato había quedado minimizado. Como quien se queda mirando las patatas y los pimientos cuando le presentan un chuletón. Porque, sí, este derbi barcelonés, finalmente emplatado por Fermín, estaba cocinado con un corte noble. Entre la luminosidad de las guarniciones, entre el virulento regreso de Joan Garcia a Cornellà y entre las reforzadas medidas de seguridad por ese mismo motivo y por el atropello del último precedente, lo que la noche de ayer ofrecía era el derbi más competitivo de los últimos tiempos.

Ahí estaba el Barça líder, midiendo a domicilio sus ocho victorias consecutivas en Liga con las cinco de este formidable Espanyol, elevado a la quinta posición de la tabla. Los dos conjuntos, en fin, más en forma del campeonato, para orgullo de Salvador Illa, perico de cuna que con camisa blanca y corbata azul cuidaba su gestualidad en el centro del palco de autoridades, president de ambos clubs como es. Aunque en el fondo, claro está, deseaba más que nadie la que hubiera sido la primera victoria perica como local en su feudo en 19 años. Le tocará esperar al menos uno más a un Espanyol que, esta vez, mereció más. Bastante más.

Prudencia con Pedri

Iba a ser Fermín, el más vertical y agresivo del catálogo de centrocampistas del Barça, quien determinara el derbi, pero a quien añoró durante largos minutos el Barça fue Pedri. El canario, en un estado físico todavía precario, amenazaba sin desearlo desde la banda durante la primera parte. Lo hizo primero cuando Joan Garcia decidió –con acierto– que la mejor forma de despejar el peligro perico era propulsar con un empujón a su compañero Gerard Martín hacia un balón suelto; y después cuando las cabezas de Eric Garcia y Cabrera se encontraron violentamente en el espacio-tiempo. Tras sendos accidentes se puso a calentar preventivamente el canario, como una suerte de aviso de tormenta a un Espanyol con mayor cuajo sobre el césped de Cornellà.

Le echaba de menos el Barça, reemplazado Pedri por un De Jong que volvió a pecar de su tendencia a la horizontalidad en los pases, una bendición para este granítico Espanyol de Manolo González al que no se le desintegra cuando el balón se mueve al ritmo de un pasodoble. Si sigue jugando así, pese a la derrota, la gloria será suya esta temporada.

Estaba, dicho quede, el neerlandés poco ayudado por un Raphinha borroso en la mediapunta, posición que abandonó al descanso con la entrada de Fermín por Rashford, y por un Ferran con los colmillos limados. De Lamine tampoco había excesivas noticias.

Joan García, un «porterazo»

Acabó recurriendo Flick a, en efecto, Pedri, pero también a Dani Olmo, buscando acumular futbolistas por dentro para desmadejar la resistencia del Espanyol, que sí gozaba al contragolpe de la verticalidad que hace sangrar a los rivales. Si no hubo hemorragia fue porque Joan Garcia se reivindicó como una tirita impermeable a cualquier tormenta, la de ocasiones claras del rival y también a la que padecía de sus antiguos fieles cada vez que entraba en contacto con el esférico. «Es increíble, un porterazo», decía después Olmo.

Todos esos factores se conjugaron, como una broma macabra para el Espanyol, para dibujar el triunfo azulgrana, parido en un contragolpe en el que Fermín asistió a Olmo. Premio al intervencionismo de Flick desde el banquillo, castigo injusto y doloroso para un Manolo que delineó el derbi a la perfección. El segundo gol fue, sencillamente, un salobral en su herida. «Hemos perdonado. Si hubiéramos metido las que hemos metido… Habría sido muy diferente», resumió Expósito, condensando el pesar de todo el Espanyol. «De eso de trata, de ayudar al equipo, sea como titular al suplente», decía Fermín, el cocinero de la victoria azulgrana en el derbi. Aunque la receta la dictara el Espanyol.

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